«Ahora viene él delante de mi puerta»: José Guo, 22 años sin poder ir a Roma y el Papa que por fin llega a Madrid

«Ahora viene él delante de mi puerta»: José Guo, 22 años sin poder ir a Roma y el Papa que por fin llega a Madrid

José Guo llegó a España en 2004, en Semana Santa, sin trabajo y sabiendo decir «hola, gracias y adiós». Su primer destino fue Salamanca, donde vivía su tío. Después Murcia, después León, después Madrid. En esos primeros años, como tantos inmigrantes chinos, el trabajo, el idioma y las circunstancias se fueron llevando por delante lo que antes era cotidiano en China: la misa, la confesión, la oración. «Poco a poco nos alejamos de Dios», dice con la sencillez de quien describe algo que le pasó sin que casi se diera cuenta.

Lo que ocurrió en 2007 fue una decisión pequeña y valiente al mismo tiempo. Él y unos amigos se preguntaron cuántos chinos católicos había en Madrid y comprobaron que casi ninguno iba a misa. Buscaron un salón pequeño, invitaron a un sacerdote que estudiaba en Salamanca y venía a Madrid una vez al mes, y empezaron. Celebraban la misa, rezaban y aprendían español juntos con la ayuda de una misionera española. Eran menos de diez. Hoy son más de 500, con bautizos de adultos de manera continua y una comunidad que José describe como mayoritariamente joven, de primera generación en España.

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Para quien se sorprenda de que existan católicos chinos, José tiene una respuesta clara: la semilla la pusieron los misioneros españoles, sobre todo en las ciudades costeras del sur de China. Su tatarabuela les contaba que venían misioneros de España a su ciudad, situada frente a Taiwán. El catolicismo en China existe, aunque conviva con el budismo mayoritario y con una situación política que complica la relación con el Vaticano. «Para nosotros el Papa parece más lejos», reconoce José. Pero también reconoce que vivir en España le ha dado algo que muchos católicos chinos no tienen: poder acercarse.

En 2011, con la JMJ de Madrid, José vio a Benedicto XVI. Mucha gente alrededor, él un poco tímido, nervioso ante la cercanía de una figura que para él es «como un santo». Desde entonces no ha vuelto a tener una oportunidad así. Roma ha quedado siempre fuera de su alcance por el trabajo, la familia, el tiempo que ya no depende de uno mismo cuando tiene mujer e hijo. Su hijo sí fue, porque José le insistió: «Tienes que ir, tienes que vivir esa oportunidad». Él se quedó trabajando para que su hijo pudiera ir.

Ahora León XIV viene a Madrid. Y José lo vive exactamente así: el Papa viene delante de su puerta. Lo que durante años fue una distancia infranqueable se convierte en algo que puede vivir en su propia ciudad, sin billete de avión ni semanas de organización. «No tengo tiempo de ir a Roma», dice. «Y ahora viene él». Se ha inscrito a los eventos y quería apuntarse como voluntario, aunque el trabajo al final no se lo ha permitido.

Compagina todo esto con la responsabilidad de coordinar una comunidad de 500 personas, algo que no podría hacer sin el apoyo de su mujer, que también es católica y asume más carga en el trabajo y en la familia cuando él dedica tiempo a la parroquia.

En el ascensor imaginario con el Papa León XIV, José le pediría la bendición y le daría las gracias por lo que ha hecho por la paz en el mundo. Y señala algo que le parece especialmente valioso de la figura papal: que el mensaje de amor y misericordia no cambia según quién gobierne o qué guerra esté pasando. «Da igual quién es el presidente, da igual la guerra, porque para él solo es transmitir el Evangelio». Una constancia que, a José, que viene de un país donde la relación con el Vaticano es complicada, le parece especialmente importante.

El episodio cierra con una oración breve y directa: «Que Dios bendiga el viaje del Santo Padre en Madrid y que salga todo bien y que tenga mucho éxito y muchos frutos. Amén».