El tercer domingo de Adviento (día 17 de diciembre), domingo de la Alegría, las personas del Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche que participaron en la Eucaristía (22 más el director y una funcionaria de Policía) recibieron una visita que supuso un rayo de esperanza en medio de la inquietud y de la incertidumbre con la que viven allí dentro. En efecto, D. Carlos Osoro, nuestro cardenal arzobispo de Madrid, acompañado de José Luis Segovia, vicario de Pastoral Social e Innovación, y del que esto suscribe, se hizo presente en aquella dura realidad.
Las palabras del profeta Isaías, leídas por una de las personas internas, resonaron con especial fuerza e intensidad en aquel oscuro comedor en el que pusimos una sencilla mesita con lo mínimo necesario: «El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar a los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar una año de gracia del Señor» (Is. 61,1-2ª). Y el mensaje del cardenal en su homilía fue cercano y sencillo. Tenía delante personas de diferentes continentes cuyo mayor delito es el anhelar mejores condiciones de vida. Su cruel destino es la deportación o ser puestos en la calle generalmente con una orden de expulsión. Nada más empezar la homilía, el cardenal fue súbitamente interrumpido por un interno que le dio las gracias por ir a ese lugar de dolor evitable y que inició un fuerte aplauso emotivamente secundado por todo.
Dios es un buen Padre que nos quiere y nos acoge incondicionalmente, la confianza en Él alienta nuestra esperanza aun en las situaciones más difíciles y nos pregunta a cada uno, como le preguntaban los que se acercaban a Juan el Bautista: «¿Tú quién eres?». Y respondemos a esa pregunta –continuaba de pie entre los internos el arzobispo de Madrid– con los hechos: a un Padre que nos ama de esa manera le respondemos con el amor que nos tenemos sus hijos, hermanos unos de otros. Y ese amor debe llevar a respetar la dignidad y los derechos inalienables de las personas en toda circunstancia porque son criaturas de Dios.
Los cantos y las peticiones espontáneas que se hicieron, eran un eco no sólo de la realidad de quienes están allí, sino de la realidad de otras personas sufrientes y de otras realidades más amplias. Los pobres sorprendente y solidariamente se preocupan con solicitud de quienes están peor que ellos. La atención con la que seguían todo cuanto allí se hacía y celebraba y el avemaría cantada al final con un gran sentimiento y emoción por una persona de Costa de Marfil, fueron otros tantos ingredientes de una celebración de la Eucaristía que estuvo en consonancia con la Buena Noticia de la que hablaba Dios a través del profeta Isaías. Los saludos de despedida, las bendiciones finales y la entrega de una estampa de la Virgen de la Almudena fueron el colofón de una celebración intensamente vivida.
Al final –y esta es una experiencia que me sucede a mí también cada jueves y cada domingo cuando me hago presente en el CIE y salgo de él–, comentábamos el sabor agridulce que esta experiencia provoca: la amargura por la situación en la que sobreviven estas personas que lo han dejado todo en busca de un futuro mejor, su absoluta incertidumbre por no saber qué futuro les espera, la pregunta radical que tanto repite el Papa de si no habrá otra forma más humana y más ética de hacer las cosas, la constatación de que muchas cosas tienen que cambiar en el tratamiento de los desplazamientos humanos y la esperanza que se recibe al experimentar el valor de la escucha y del acompañamiento.
«Los pobres nos evangelizan» podría resumir muy bien la experiencia que tuvimos en la celebración de la Eucaristía del tercer domingo de Adviento en el CIE de Aluche.
Doy muchas gracias a Dios por mostrarles el rostro samaritano de la Iglesia de Madrid a estas personas que participaron en la Eucaristía a través de la presencia cálida, entrañable y cercana de su arzobispo y, como les dijo, padre de todos, Carlos Osoro. En todo caso, sin duda, fue para los ingresados una Buena Noticia de Adviento y de Esperanza.